Hay preguntas que pueden parecer poco importantes pero que son básicas para entender nuestro entorno, como por qué el cielo es azul, o por qué llueve. Una de esas preguntas podría ser por qué la Luna es redonda, y este artículo tratará de responderla.
En primer lugar, el tamaño importa. En el espacio, sólo los objetos con un diámetro superior a 400 kilómetros serán esferas o figuras muy similares: el resto tendrán forma irregular, como la mayoría de los asteroides. También hay que tener en cuenta ciertas características y propiedades de los fluidos, como son la "ecuación hidróstatica" y la "tensión superficial". Además, veremos cómo las mismas razones que explican la forma esférica de la Luna se aplican a los planetas. Pero comencemos por el principio.
Origen de la Luna.
Actualmente, y aunque no existe una teoría que aclare totalmente el origen de nuestro satélite, la más aceptada es la que propone que la Luna es "hija" de la Tierra: hace unos 4.400 millones de años, un cuerpo de, aproximadamente, el tamaño de Marte (o incluso más pequeño, según apuntan las últimas investigaciones), chocó contra nuestro planeta, arrancándole parte del material de su superficie, que quedó en órbita alrededor de la Tierra formando un anillo similar a los del planeta Saturno.
Poco a poco, y siguiendo el mismo proceso por el que se cree que se han formado los planetas, los granos de polvo que formaban ese anillo fueron chocando y formando trozos de roca cada vez mayores, que a su vez también colisionarían, creando al final un cuerpo de tamaño similar al de nuestra Luna actual, que tiene 3.476 kilómetros de diámetro. Ésta siguió creciendo gracias al material aportado por los fragmentos de asteriodes que han ido chocando con su superficie, en un proceso llamado "acreción", y que han dejado su huella en el característico paisaje lunar, cuajado de cráteres.
Y aquí es donde entra en juego el tamaño de nuestro futuro satélite, que superaba ya en esta fase el límite de 400 kilómetros de diámetro, y uno de los dos principios aplicados a los fluidos de los que hablábamos, la llamada "ecuación hidrostática". Ésta dice que, en cuerpos de esta magnitud, la presión aumenta rápidamente con la profundidad. Puesto que a mayor tamaño hay más profundidad, y a mayor profundidad hay más presión, la fuerza ejercida en el interior de la proto-Luna por todo el material de alrededor hizo que las rocas, en principio sólidas, comenzaran a comportarse como fluidos muy viscosos, adquiriendo propiedades plásticas. Esto significa que el material interno es capaz de deformarse de manera distinta a como lo haría un sólido, y que además empieza a fluir; seguiría haciéndolo, de manera muy lenta, a lo largo de miles de años. Así, tenemos a una proto-Luna que se comporta, a todos los efectos, como un fluido.
Otra propiedad de los materiales líquidos y viscosos que afectó a nuestro futuro satélite es la misma que permite que insectos muy ligeros puedan caminar sobre el agua sin hundirse. Esta propiedad, denominada "tensión superficial" se podría explicar de la siguiente forma.
Tensión superficial.
En el agua, y en general en el estado líquido, las moléculas están más separadas que en los sólidos, aunque no tanto como en los gases. Dentro de un líquido, esas moléculas se atraen unas a otras, por lo que hay un equilibrio, pero las que se encuentran en la superficie son atraídas "hacia abajo" por las moléculas del interior. Si colocamos cuidadosamente una aguja sobre un poco de agua, al intentar levantarla los enlaces de cada molécula superficial con las adyacentes se alargan, creando una fuerza restauradora que tira de la molécula de nuevo hacia la superficie. Esto explica por qué la capa superficial es más resistente, más elástica, y es capaz de soportar el peso de un mosquito o de una aguja: no porque floten, si no porque esas moléculas de la superficie están más "apretadas" que las del interior del líquido. Esto es lo que se conoce como "tensión superficial".
Para compensar el desequilibrio de fuerzas que se produce por la atracción de las moléculas del interior sobre las superficiales, y para mantener la elasticidad de la capa externa hay que gastar energía. Es la necesidad natural de utilizar la mínima posible lo que motiva la forma esférica o esferoidal que adquieren los fluidos, ya que en la esfera se concentra el mayor volumen en la menor superficie. Por eso, dos gotas de agua que resbalan por un cristal tienden a unirse, formando una gota mayor sin que su superficie aumente tanto como su volumen.
De esta forma, nuestra proto-Luna, al comportarse como un fluido por la elevada presión originada en su interior, adoptó una forma esferoidal, y la conservó a lo largo de su enfriamiento y el proceso de acreción, para llegar a ser el cuerpo herido por impactos de meteoritos que tanto ha inspirado y asombrado a la humanidad a lo largo de los tiempos.
Autor: Encarna Sáez Asensio. Periodista científica.
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