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El mecanicismo newtoniano se caracteriza por el hecho que sus principios fundamentales se obtienen a partir de la “observación de la realidad allá afuera” y no por deducción matemática, o en otras palabras no pensando o “matematizando” la realidad sino percibiéndola. Es bastante paradójico que la ciencia occidental en su etapa de materialismo rampante haya estado montada sobre un mito, el conocido “mito de lo dado”.
Podemos decir entonces sin lugar a equivocarnos que la percepción precede a la representación. En la ciencia clásica newtoniana, sin embargo, “lo interior” queda siempre reducido a lo exterior, es decir, que lo exterior oculta “lo interior”. En la necesidad de descomponer los fenómenos físicos en un juego de unidades elementales, lo complejo es reducido a lo simple, el todo a la parte, lo cualitativo a lo cuantitativo.
El descubrimiento de “lo interior” en la ciencia occidental, o, como lo diría Karl R. Popper, la introducción de la consciencia en la física a raíz de la mecánica cuántica, ciertamente marcó un hito, que llevó en una primera etapa a una versión idealista de la misma ciencia. Tomaremos consecuentemente el término interior en un sentido más físico que espiritual, mental o psíquico, en un intento de diferenciación desmitificante y que nos aleje cada vez más de los idealismos.
Los objetos de estudio de la ciencia clásica, al ser por definición sistemas cerrados, se separan definitivamente del sujeto; no existe en ellos un puente hacia “lo interior” del objeto, es decir, no existe un campo de interacción creado por el objeto y cuyas líneas de flujo regresen a él, de tal manera que ese campo sea detectado externamente por el sujeto como una manifestación externa del objeto. El campo está reducido a la localidad o superficie del mismo objeto decimos. Las acciones a distancia se dan entre un emisor y un receptor separados por una determinada distancia, y atrayéndose mutuamente como si la armonía original se hubiera roto, y a su equilibrio debían regresar, en un intento desesperado y colapsante.
El sujeto y el objeto, receptor y emisor, son dos polaridades externas(no inherentes a un solo centro), una positiva y otra negativa por decirlo en otra forma, y cuya neutralidad mutua siempre debe mantenerse según una bien conocida ley de conservación. Este tipo de campo de interacción entre un emisor y un receptor recibe el nombre de campo conservativo, y pensando en ese otro tipo de campo no-conservativo, tal como el magnético, decimos que en un campo conservativo las líneas de flujo comienzan en un centro y terminan en otro centro, centros que serán “cargas aisladas”, ya sea gravitacional o eléctrica, con polaridades opuestas, en el sentido que entre ellas se da siempre atracción, de tal manera que el campo conservativo tiene el colapso implícito, mientras que el campo no conservativo evita precisamente ese colapso, al tener la posibilidad de ambos tipos de polaridades: de atracción y de repulsión para un mismo centro o polo. No existen polos magnéticos aislados.
Es evidente que toda la evolución conceptual de la ciencia física a nivel macro, gira alrededor de los campos conservativos o colapsantes, de aquí las teorías de agujeros que colapsan al igual que las de universos colapsantes tales como las del Big Bang.
A nivel micro, sin embargo es todo lo contrario, puesto que el sistema atómico no puede colapsar de acuerdo al principio de exclusión de Pauli por aquello del comportamiento del electrón y sus espines magnéticos, de aquí entonces las dificultades y el cisma insuperable que encontramos en esa evolución de la ciencia física.
La separación entre sujeto y objeto en la ciencia clásica es su principal fortaleza, puesto que permite hacer una representación matemática de la realidad “allá afuera” y validarla en forma más que precisa, de aquí el nacimiento del método científico y el gran éxito del mecanicismo. La representación simbólica requerida siempre debe reducir lo más complejo a lo más simple de acuerdo al método cartesiano, o el todo a la parte, puesto que el mismo signo de igualdad es un signo de reducción de lo uno a lo otro; ambos lados de la ecuación matemática deben ser exactamente iguales, sin ninguna posibilidad de incertidumbre. La medición y la precisión son los pilares de esa ciencia clásica, que aún gobierna la mayor parte de nuestros logros de ingeniería.
Lo interior, lo cualitativo entran en la ciencia clásica con el campo magnético o más bien electromagnético, en la medida que este campo no sólo contiene en su definición ontológica al campo conservativo, sino también al no conservativo. Las líneas de flujo del campo magnético parten y terminan en su propio centro, y el espacio a su alrededor se caracteriza por una deformación fácilmente perceptible, deformación que todos hemos disfrutado en nuestra infancia, por lo misteriosa. La entidad magnética se manifiesta a través de un campo con existencia propia, sin necesidad de otra polaridad externa, como es el caso del campo conservativo mencionado. El campo no conservativo es un campo auto reflexivo e independiente, lo que evidentemente plantea un problema muy serio a la representación matemática reduccionista ya que la complejidad, con este campo, es llevada a un nivel mínimo no reducible a algo más simple. La representación de este campo requiere de un simbolismo matemático complejo así como de un concepto de unidad que incluya ambos aspectos, es decir, la polaridad inherente; tanto lo cuantitativo como lo cualitativo.
Mientras que lo cuantitativo es asociable a la parte, lo cualitativo es asociable al todo, a aquello que transmite significado por sí mismo, sin tener que hacer referencia a la medición precisa, a un recurso externo.
Pero también lo cuantitativo lo podemos asociar con lo estático, con el espacio, y así lo cualitativo puede asociarse con lo dinámico, es decir, con el tiempo real, no con el tiempo asimilado al espacio, que es el concepto de tiempo utilizado en la ciencia clásica por aquello de su misma definición lineal de velocidad dado por V = S / T, definición que probó ser inválida con el trabajo de Einstein y su Relatividad Especial, por aquello de la constancia de la velocidad de la luz y que dio como resultado un concepto de velocidad ya no lineal.
No es coincidencia que los números complejos hayan entrado por la puerta grande en la ciencia occidental, precisamente con el electromagnetismo, cuyas leyes fueron sintetizadas elegantemente por James C. Maxwell, en un grupo de ecuaciones que describen la unidad del campo electromagnético, unidad que incluye ambos tipos de campos: el no conservativo y el conservativo.
Fue Einstein quien señaló cómo el conocido grupo de transformación de Lorentz, conocido también como las ecuaciones de su Relatividad Especial, cuando se aplica a las Ecuaciones de Maxwell hace que éstas permanezcan invariantes; que unas ecuaciones permanezcan las mismas en medio de las transformaciones fue un concepto muy interesante introducido por él, que nos ha llevado a la búsqueda de la formulación de una unidad isomórfica, aplicable a las ecuaciones fundamentales de la física[1].
Un concepto de unidad compleja que incluya ambos aspectos, lo cuantitativo y lo cualitativo, y definido a partir de la Relación de Euler base de los números complejos es el siguiente paso en la evolución de esa ciencia occidental, que al mismo tiempo explica en una forma más racional, por qué “el mito de lo dado” imperó soberano en esa ciencia occidental por más de 300 años y despejando en esta forma la gran paradoja del mecanicismo newtoniano.
Abrir un espacio para lo interior en la ciencia física es introducir incertidumbre en la determinación del estado de este nuevo concepto de unidad compleja. Cuando no hay incertidumbre es decir cuando lo cuantitativo y lo cualitativo están relacionados a través de leyes observadas, lo cualitativo queda reducido a lo cuantitativo, y la unidad pierde potencialidad energética, es decir, que a partir de ese momento entra a jugar un papel esencial el determinismo entrópico, o la segunda ley de la termodinámica.
Ya lo anotamos más arriba, el campo magnético, los imanes, son entidades duales que tienen una polaridad inherente, cuya representación matemática a través de la Relación de Euler permite inclusive obtener la expresión de leyes[2] que habían sido previamente observadas en la naturaleza. ¿No es la representación simbólica, a través de la relación de Euler como unidad básica compleja, la “maquinaria que está detrás de la ley” y que Richard Feynman reclamaba en sus célebres conferencias de Física?
El hecho que el campo electromagnético sea una unidad que contiene los dos tipos de campo, lo hacen definitivamente una unidad que podemos calificar de holónica, y por lo tanto más fundamental desde el punto de vista ontológico que el gravitacional o el eléctrico, refiriéndonos a la naturaleza conservativa de estos dos últimos. “Más fundamental” no significa negar importancia, sino recalcar el hecho que los campos conservativos(gravitacional y eléctrico) son “verdaderos pero parciales”, parafraseando al filósofo Ken Wilber, en su introducción del concepto holónico.
De hecho esta parcialidad conlleva implícita desde el punto de vista de la representación simbólica, una ausencia natural de contexto, y una aversión hacia la posibilidad de unificación, de aquí que cualquier intento de gran unificación mientras conserve el enfoque parcial no deja de ser una quimera. Parcial, en este caso, se refiere al hecho de partir de campos conservativos y no de un concepto de campo que los incluya a ambos, tal como el campo magnético, el campo no conservativo por excelencia en la esfera de lo físico.
Autor: Edgar Paternina.
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